Fuente: Instituto Nacional de Estadística
... identifican nuestras raíces, los hemos heredado de nuestros padres, que a su vez los heredaron de nuestros abuelos y así sucesivamente hasta perdernos en la historia de nuestra familia.
En Roma surgió el uso del apellido. Se añadía al nombre propio, el de la tribu o familia a la que pertenecía la persona, Pronomen y Cognomen. Como ejemplo, el del propio Tito (nombre propio), al que se añade el pertenciente a la familia (Livio), componiendo nombre y apellido: Tito Livio.
Inicialmente las personas tenían un núnico nombre y, como mucho, le acompañaba el mote o apodo. Así, aquel que poseía un pelo rojo, era designado como "el Rojo", los que tenían un defecto físico, por este, "El Cojo", "El Tuerto", etc. La repetición de los nombres de pila hizo necesario el uso de un segundo nombre para distinguir a los individuos llamados igual.
La fijación de los apellidos empieza con la difusión del uso de documentación legal y notarial a partir de la Edad Media, s. XI y XII. Los notarios y escribanos medievales empezaron a tomar la costumbre de hacer constar, junto al nombre de pila de los interesados, el nombre de su padre, su apodo o sobrenombre, profesión, título o procedencia.
En el siglo XV ya se hallan más o menos consolidados los apellidos hereditarios gracias, en parte, a la obligatoriedad de hacer constar en los libros parroquiales los nacimientos y las defunciones. En las zonas rurales y entre la gente más humilde, la norma actual del apellido paterno hereditario no se fija definitivamente hasta el siglo XIX, en el que la burocracia estatal empieza a hacer obligatorias las leyes onomásticas.
En 1870 surge en España el Registro Civil, que es donde se reglamenta el uso y carácter hereditario del apellido paterno y donde queda fijada la grafía del apellido.
